Carta de Laura García Camba

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Querid@ amig@

Me presento, mi nombre es Laura, es cierto que no nos conocemos, pero al recordar lo que me gustaba recibir cartas de pequeña he pensado que quizás a ti también te gustaría recibir una estos días.
Ayer tuve la mejor de las noticias: mi padre por fin salió del hospital para regresar a su casa. Él también ha estado enfermo y han sido días duros para nuestra familia. Ahora toda mi preocupación ha desaparecido. Deseo de corazón e intuyo que tú también te recuperarás y volverás a tu casa pronto. Como tú él es otro valiente. A los valientes nada os para.
Estos días las horas transcurren lentamente, hoy me he despertado aislada, como tantas otras personas que viven solas, pero sin duda más acompañada que ayer por escribirte.
Voy a intentar aprovechar para acercarte a través de mi carta todo lo que veo y siento estos días. Porque son días en los que se vive de otra manera y de ahí todo su valor.
Este año pasó algo único, el invierno se marchó sin avisarnos y nos trajo una primavera diferente para vivir y gozarla más despacito. A esto ahora algunos lo llaman mindfulness.
Desde que nos tocó a todos los españoles encerrarnos en casa, cada mañana abro la ventana de mi salón en el centro de Madrid y veo un cielo increíblemente azul, ya sin rastro de la famosa «boina» de contaminación. El aire es tan limpio que se divisa hasta el Cerro de los Ángeles, junto a un skyline de Madrid totalmente nítido como pintado a plumilla. Por primera vez, y es algo que no creerías, se respira un aire casi puro que recuerda al de la sierra de Guadarrama, es el aire de una ciudad que ha cambiado el rugido de los motores por el tímido trino de los gorriones, todo parece un milagro. Al oeste y en la lejanía se vislumbra con claridad la Casa de Campo con su suave y aterciopelada moqueta de hierba. Es más fácil llevar este encierro contemplando lo bonita que está la naturaleza estos días, sintiéndola más pura e inocente que nunca, aunque solo sea observándola desde una ventana.
Hace ya algún tiempo que estoy en paro, por eso también puedo detenerme más que en otras épocas de mi vida a contemplar la vida pasar, a reflexionar. Antes tenía miedo por no tener trabajo, ahora ya no, estos días me he vuelto más valiente porque sé que lo mío tarde o temprano se arreglará.
Vivo en un piso alto que se asoma a un enorme patio de manzana de color blanco como sacado de la novela «La Colmena» de Cela que me recuerda a una gran casa de muñecas.
A las doce salgo a mi pequeña terraza a estudiar con un libro y un café y la suave brisa acaricia mi cara. En la lejanía se escuchan las risas de algunos niños jugando a la pelota en las azoteas, entre la ropa blanca tendida, y de repente me veo transportada a una película italiana de los 50. Se escuchan también las lejanas campanas de la vieja iglesia de mi barrio, Argüelles, mezcladas con una melodía de notas improvisadas del saxofón de algún vecino bohemio que estos días nos regala algún conciertillo. La vida se ha vuelto tan tranquila y apacible que la ciudad no parece la misma. Nos habíamos acostumbrado a vivir bajo el ruido de los coches que tapaban las risas de los niños, los trinos de los pajaritos, el saxofón… Estos días apetece mucho abrir las ventanas.
Y es que Madrid se quedó dormido y la máquina del tiempo nos devolvió ese gran pueblo manchego, Los Madriles, de las fotos en blanco y negro de nuestros abuelos y bisabuelos. La capital apacible, pueblo de pueblos, ajeno aun al pertinaz rumor de motores, motos y autobuses al que nos acostumbraría más tarde. Ese lugar casi olvidado de la infancia de nuestros mayores, atrapado en fotos guardadas en cajas de hojalata.
Cada tarde los estudiantes de provincias que viven en pisos de alquiler acaban sus horas de estudio y salen a tomar el sol con sus cervezas frías al gran patio de vecinos. Ruidosos, con un jolgorio que llena el ambiente de buena energía. Puntuales, al marcar las ocho rompen el silencio de la tarde con el himno y canciones alegres para agradecer la labor de los valientes sanitarios. La gran corrala cobra vida de repente, las gentes salen con sus banderas, sus lucecitas y linternas, y todos nos unimos en un momento emocionante.
Cuando se apagan las luciernagas del patio, recurro a mis mejores psicólogos, de 1 y 2 años, mis sobrinitos Adri y Pablito que con sus fotos y videos hacen las noches más llevaderas y siempre dibujan una sonrisa en mi cara. Ellos son la mejor medicina para la soledad.
Y los días transcurren sin prisa, luminosos y sin contaminación. Una primavera distinta que a ti también te acompañará desde la ventana de tu casa cuando regreses.
Como te espera también el olor de tus tostadas recién hechas y del café por las mañanas. El calor de los rayos del sol contra tu cara cuando abras tu ventana. Tu sillón favorito, ese que tanto te gusta para ver la tele. Tus libros y esa música que anima tu vida, tus fotos antiguas y tus películas y series. Tu habitación, tu nevera con tus platos favoritos. Tus recuerdos. Esas llamadas de amigos, familia o vecinos que alegran los días.
Porque estar en el hospital es solo un paréntesis en tu vida. Pronto tu volverás, todo volverá. Toda tu vida anterior te espera para que la goces de una manera nueva, seguro que valorándola más.
Días en los que se vive despacito, días de reflexión. Días en los que de pronto nos damos cuenta de que no se necesita nada más para ser felices que saborear la sencillez de cada instante y vivir sin prisas. Ya se nos había olvidado.
Porque la vida se ha parado para enseñarnos a que la contemplemos desde otra perspectiva y apreciemos lo hermosa que es, durante estos días.
Toda esta época silenciosa pasará y volverán los coches, el ruido, las prisas, la contaminación, la «boina» de Madrid, el consumismo, las terrazas bulliciosas, lo que llamamos la vida normal.
Pero nosotros ya nunca volveremos a ser los mismos, quizás seamos mejores, más pacientes, más solidarios, más austeros. Más valientes y conscientes seguro.
Y guardaremos los recuerdos de lo que vivimos, como nuestros abuelos guardaban sus fotos antiguas en cajas de hojalata: una época en una ciudad dormida donde fuimos supervivientes, donde aprendimos a mirar en nuestro interior y a valorar más la vida y cada pequeño instante y su belleza efímera. A ser mucho más fuertes, a ser una mejor versión de nosotros mismos.
Recuerdos de personas que no se conocen conectadas a través de cartas como se hacía antes. Recuerdos de héroes sanitarios que lo dan todo por los demás como en guerras pasadas. De gentes que por unas horas cruzaron sus caminos. De esos patios de vecinos bulliciosos y con luces de colores donde se canta al unísono «Resistiré» y el corazón palpita deprisa. De un Madrid como de otro tiempo, de épocas de resistencia, contra una guerra ahora silenciosa, y que ha convertido a nuestra época en más humana sin duda, y nos ha unido a todos.
La primavera no se va a ir hasta que tu vuelvas, ni el trino de los pajaritos, ni la brisa limpia, te esperan y los verás y sentirás pronto desde la ventana de tu casa. La vida te está esperando ahí fuera para que pronto tu regreses y sientas de nuevo lo bello que es vivir, aunque solo sea desde una ventana.
Un abrazo
Laura

(lauragarciacamba@gmail.com)

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