Carta de Cristina de Lorenzo

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Sobre respiraciones, recuerdos y aquel 11 de Julio 

Hola, tú que me lees. O me oyes, porque una voz amiga te está leyendo estas pocas letras. Qué maravilla los sentidos ¿verdad? Las puertas de entrada para ese lugar mágico donde realmente se ve para leer y se oye para entender: el cerebro. Allí donde todos los sentidos confluyen, se mezclan, se entienden y se animan. Este virus nos tiene presos del aire y nuestro cerebro no lo entiende. No lo vemos, porque es muy pequeño. No lo olemos, pero a veces nos deja sin olfato y gusto. Y a veces nos deja sin aliento, y a veces, sin aire. 

Yo no lo he pasado. O sí, no lo sé. Pero créeme, a veces boqueo como un pececillo fuera del agua, buscando en el aire que me rodea más frescor, más luz, más oxígeno. Siento, como a lo mejor has sentido o estás sintiendo tú, que mi pecho no se ensancha suficientemente. Que en mi particular Celda del Aire, sin barreras y sin graves carencias, no respiro bien. 

Y entonces llega el soplo que me reanima. Vuelvo a respirar. Respiro con las historias de solidaridad, con los ojos rodeados de arrugas sobre la mascarilla de un cariñoso repartidor, con las fuerzas de flaqueza de todos los sanitarios y los sanitarios honorarios, los cuidadores, los que limpian y sonríen, con mi basurero preferido que trabaja con casco de bici. Todos están ahí por ti, tú que me lees, tú que me oyes. Sigue, sigue, sigue. Que alguien te espera. Que alguien te necesita para seguir siendo, creciendo, creyendo. Nunca dejes de soñar

Como aquel domingo 11 de julio de 2010. Cuando fuimos campeones del mundo de fútbol. A mi no me gusta mucho el fútbol, soy baloncestera. Pero aquello era como ahora.  Un par de meses después, celebrando otra copa -esta vez de baloncesto-, otro enorme  jugador decía “No somos doce, somos todo un país jugando juntos”.  Aquel 11 de julio todos fuimos Iniesta, pero no sólo por su gol, sino porque se levantó la camiseta y mostró un mensaje escrito en su piel, un recuerdo y homenaje a un futbolista fallecido. Siempre con nosotros. Nos hizo respirar mucho más hondo. Cogimos aire con emoción y consciencia. Hoy todos somos tú. Tú que me lees. Respira.

El lunes 12 de julio de 2010 me levanté prontito. Como otras veces, cuando llegué a mi destino bajé unas escaleras, saludé, me desvestí y puse una bata, y me tendí bajo un aparato-maravilla. Uno más de los que pueblan los hospitales para salvar vidas. Estaba allí, como tantas veces, respirando lento y controlando la inmovilidad. Cuando acabé y me volví a vestir intenté respirar hondo y no pude. Me temblaban las manos y las piernas. Salí. Las pocas personas que me encontré, vestidas con pijamas blancos y verdes, me sonrieron. Alguien me dijo “Ya sabes la tradición”. Así que me acerqué a una campana de barco, de las que tocaban antes cuando llegaban a puerto, fijada en una pared de hormigón de aquel hospital. Y toqué. Y toqué. Porque terminaba 10 intensos meses de tratamiento oncológico, porque tenía pelusilla en la cabeza, porque me abrasaba la piel, porque llegaba a puerto, porque era feliz. Había pocas personas, pero hubo un aplauso. Hoy os aplaudimos a vosotros y nosotros, pacientes, dolientes, familiares, sanitarios, trabajadores, gente corriente. 

Recuerda, tú que me lees, que no eres solo tú: somos todo un país jugando juntos. Recuerda a los que se han ido con aquel mensaje ligado al pecho y la piel: siempre con nosotros. Recuerda, tú que me lees, tú que me oyes, nunca dejes de soñar. 

Parte de mi familia estaba de vacaciones en Asturias, cielo azul, montaña, mar, frescor y verde. Todo respirable. Mi mensaje decía “He tocado la campana”. Mi hermana respondió con uno de sus ripios que siempre hacen sonreir: “Ayer ganamos la copa / y hoy tu tocas la campana / y aquí lo grita tu hermana / desde los Picos de Europa”.

Recuerda. Respira. Sigue. Al que nunca se le hace ningún roto, nunca le entra la luz al interior.

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