Foto de Carlos Llano
De oficinista a "finisher" / Financial Advisor /Corredor de ultramaratones

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Vivir al ritmo de la luna.

Después de una semana corriendo por la selva, coger varios de esos autobuses africanos que vagan sin horarios (solo parten a su destino cuando no cabe ni un alfiler) y el bote de un pescador con el que tuve que negociar el precio con signos, por fin, llegué a Ibo, en la provincia de Cabo Delgado, Mozambique.

Ibo es una isla pequeña en medio del océano Índico. Famosa por ser uno de los puertos más importantes de salida de esclavos, ahora es un lugar tranquilo. No hay relojes ni prisas por adelantar a nadie.

Dicen que en esta parte del mundo el día transcurre mientras esperas que la luna atraiga con tanta fuerza el mar que haga subir las mareas para poder ir a pescar. Quizá sea el único lugar del mundo donde se vive al ritmo de la luna y es eso lo que hace de Ibo un lugar tan especial.

Sentado en el puerto con una cantimplora de agua me encuentro a Joel, el habitante más mayor de la isla, y único superviviente de la guerra de la independencia. Entre las muchas penurias que tuvo que vivir, una de ellas fue estar encarcelado durante años. Le pregunto por ello, y con voz muy pausada me dice: 

“Allí dentro me di cuenta de que nada en la vida es permanente. Tanto los buenos como los malos momentos son efímeros, acaban pasando, pero son sin embargo nuestros momentos de frustración los que más nos enseñan a valorar la vida y a entender que el amor es la fuente principal de una vida plena. De nada me servía lamentarme por mi situación, por mis decisiones pasadas o generarme expectativas de las que no tenía ninguna certeza. 

Cuando pensaba que mi situación había llegado tan lejos que no aguantaba más, aprendí que la aceptación me causaba paz y libertad. Tenía el poder y la capacidad de elegir mi actitud, y por muy turbulento que fuera el suelo donde me posara, siempre podía elegir la alegría y la serenidad como actitud vital para aceptar mi situación.

Nada me hacía más daño que mis pensamientos, por lo que comencé a poner foco en el momento presente, que precisamente era el único momento donde podía actuar. Cerraba los ojos y pensaba en este regalo tan maravilloso que es la vida, y siempre me pareció demasiado pronto para rendirme. Me negaba a tirar la toalla, porque en un mundo donde nada es seguro, todo es posible y nada me hacía perder la certeza de que todo en la vida ocurre por algo”

Cuando Joel comprobó que la marea ya había subido, dio un último sorbo de su cantimplora, cogió su caña de pescar, y se despidió con un escueto: 

“Y ahora soy feliz viviendo al ritmo de la luna. Todo tuvo sentido”

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8 comentarios en “Carta de Carlos Llano”

  1. Carlos, eres mi pequeño gran hombre, tu riqueza y no del taco en el bolsillo, es lo que te hace grande, que privilegio he tenido al compartir días en Burkina, ojalá pudiera repetir. Un beso y abrazo grande

    Responder
    • Muchas gracias Mariquilla!! Siempre tan generosa conmigo. Seguro que volveremos a compartir dias en nuestra querida Burkina 😉

    • Muchas gracias Antoine!! En muuuchos lugares del mundo sigue predominando la humanidad por encima de la ambición!

  2. Maravillosa historia! Gracias Carlos por trasladarnos a vivir al ritmo de la luna. Y por transmitirnos la importancia del amor y de la actitud ante la vida. Impresionante la sencillez con la que viven algunas culturas. Un abrazo

    Responder

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